Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULOS 12, 13 Y 14

 El siguiente planeta estaba habitado por un bebedor. Esta visita, aunque muy corta, sumió al principito en una gran melancolía.



–¿Qué haces ahí? –preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio frente a una gran número de botellas vacías y otras tantas llenas.

–¡Bebo! –respondió el bebedor con aire sombrío.

–¿Por qué bebes? –volvió a preguntar el principito.

–Para olvidar.

–¿Para olvidar qué? –investigó el principito sintiendo compasión.

–Para olvidar que siento vergüenza –confesó el bebedor agachando la cabeza.

–¿Vergüenza de qué? –volvió a preguntar el principito deseoso de ayudarle.

–¡Vergüenza de beber! –concluyó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.

Y el principito, turbado, se alejó diciendo: "No hay la menor duda: las personas mayores son muy, muy, extrañas".


CAPÍTULO XIII

En el cuarto planeta había un hombre de negocios; estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza al ver llegar al principito.

–¡Buenos días! –Dijo el principito–. Su cigarro se ha apagado.



–Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho… No tengo tiempo para encenderlo nuevamente… …Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma un total de quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

–¿Quinientos millones de qué?

–¿Ah, estás ahí todavía? Quinientos millones de... ¡Uf, ya no sé, he trabajado tanto! ¡Yo soy una persona seria y no me recreo con tonterías! …Dos y cinco siete...

–¿Quinientos millones de qué? –volvió a preguntar el principito, que nunca había desistido a una pregunta suya.

El hombre de negocios levantó la cabeza:

–En cincuenta y cuatro años sólo tres veces he sido interrumpido. La primera fue hace veintidós cuando un abejorro cayó y hacía tan insoportable ruido que me hizo equivocarme cuatro veces en una suma. La segunda, fue hace once años, por una crisis de reumatismo. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo para perderlo callejeando. ¡Soy un hombre serio! Y la tercera vez... ¡la tercera vez es ésta! …llevaba, pues, quinientos un millones...

–¿Millones de qué?

El hombre de negocios advirtió que no lo dejarían seguir en paz y contestó más malhumorado:

–Millones de esas cositas que algunas veces se ven en el cielo.

–¿Moscas?

–¡No, cositas que brillan!

–¿Abejitas?

–No. Unas cositas doradas que hacen soñar y desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de soñar!

–¡Ah, estrellas!

–Sí eso estrellas.

–¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

–Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. ¡Exactas!

–¿Y qué haces con ellas?

–¿Que qué hago?

–Sí.

–Nada. Poseerlas.

–¿Posees a las estrellas? ¿Son tuyas?

–Sí.

–Pero yo he visto un rey que...

–Los reyes no poseen nada... reinan solamente. Es muy diferente poseer que reinar.

–¿Y de qué sirve poseer las estrellas?

–Me sirve para ser rico.

–¿Y para qué sirve ser rico?

–Me sirve para poder comprar más estrellas si es que alguien las encuentra y descubre.

"¡Uhm! Este razona poco más o menos como mi borracho". Se dijo para sí el principito.

Sin embargo, siguió preguntando:

¿Y cómo es posible poseer las estrellas?

–¿De quién son? –dijo esquivo el hombre de negocios.

–No sé… De nadie.

–Entonces son mías, pues soy el primero en tener la ocurrencia.

–¿Y eso es suficiente?

–¡Desde luego! Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que no es de nadie, formalizas la propiedad y es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, es tuya. Las estrellas son mías, las poseo puesto que nadie, antes que yo, soñó con poseerlas.

–Bien –dijo el principito– ¿y qué es lo que tú haces con ellas?

–Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez –contestó el hombre de negocios–. Es difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!

El principito no estaba del todo satisfecho y continuó:

–Yo poseo una bufanda y puedo ponérmela alrededor del cuello. Y si poseo una flor, puedo cortarla y llevármela. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!

–Eso no, pero puedo depositarlas en un banco.

–¿Qué quiere decir depositar?

–Quiere decir que escribo en un papelito el número exacto de mis estrellas y se guarda bajo llave.

–¿Y eso es todo?

–¡Es suficiente!

"Esto es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no resulta ser serio".

El principito tenía, sobre las cosas serias, ideas muy diferentes de las que suelen tener las personas mayores.

–Yo –dijo aún– tengo una flor a la que riego todos los días. Poseo también tres volcanes a los que deshollino cada semana y también me ocupo del que está extinguido; pues uno nunca sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú no eres nada útil para tus estrellas...

El hombre de negocios abrió la boca para defenderse pero no encontró que decir.

El principito aprovechó y se fue.

"Decididamente, las personas mayores, son extrañísimas", se dijo con sencillez el principito y continuo su viaje.


CAPÍTULO 14

El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos. Sólo había lugar para un farol y el farolero. El principito no se explicaba para qué servían allí, en el cielo, en un planeta sin casa y sin población alguna, un farol y un farolero. Sin embargo, pensaba:

-"Quizá este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Por lo menos su trabajo, tiene algo de razón. Cuando enciende su farol, es como si naciera una estrella o brotara una flor y, cuando lo apaga, es como si la flor o a la estrella se durmiera. Es una ocupación muy linda y es verdaderamente útil en cuanto que es linda".


Al llegar, saludó respetuosamente al farolero:

–¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?

–Es la consigna –respondió el farolero–. ¡Buenos días!

–¿Qué es la consigna?

–Apagar el farol. ¡Buenas noches! Y volvió a encenderlo.

–Entonces ¿por qué acabas de encenderlo?

–Es la consigna –respondió el farolero.

–No entiendo –dijo el principito.

–No hay nada que entender –dijo el farolero–. La consigna es la consigna. ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Después limpió su frente con un pañuelo de cuadros rojos.

–Mi trabajo es terrible. Antes era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo prendía por la tarde. Tenía el resto del día para descansar y todo el resto de la noche para dormir.

–Y… ¿cambiaron la consigna?

-No, esa es la tragedia, la consigna no ha cambiado pero el planeta sí, –dijo el farolero–. De año en año gira cada vez más rápido y la consigna no ha cambiado.

–¿Y entonces? –dijo el principito.

–Pues como el planeta da una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y apago una vez por minuto.

–¡Es divertido! ¡En tu planeta los días duran un minuto!

–A mí no me parece divertido en absoluto –dijo el farolero–. Hace ya un mes que estamos hablando juntos.

–¿Un mes?

–Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!

Y nuevamente encendió su farol.

El principito lo miró y le gustó el farolero que era tan fiel a la consigna. Recordó las puestas de sol que él “perseguía” arrastrando su silla y quiso ayudar.

–¿Sabes? Sé una forma con la que puedes descansar cuando quieras...

–Siempre quiero –dijo el farolero.

–Se puede ser fiel y perezoso a la vez –dijo el principito.

–Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta con sólo tres pasos. No tienes que hacer más que caminar muy lentamente para quedar siempre hacia el sol. Caminarás cuando quieras descansar, y el día durará el tiempo que desees.

–Eso no es gran adelanto –dijo el farolero– pues lo que a mí más me gusta en la vida es dormir.

–Eso es no tener buena suerte –dijo el principito.

–No, no es tener buena suerte –replicó el farolero– ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Mientras el principito proseguía su viaje, iba pensando: "Éste sería despreciado por los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo, quizás porque se ocupa de algo ajeno a sí mismo”. Suspiró con nostalgia y se dijo:

-"Es el único del que hubiera podido hacerme amigo. Pero su planeta es tan pequeño que no hay lugar para dos... "

Lo que el principito no quería confesar era que añoraría las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría haber visto en veinticuatro horas.

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