Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULO 3

 Necesité tiempo para comprender de dónde venía. El principito, que siempre insistía con sus preguntas, no parecía oír las mías. Fueron frases al azar las que, poco a poco, me fueron revelando sus secretos. Cuando vio mi avión  por primera vez (no dibujaré mi avión, por tratarse de algo demasiado complicado para mí) me preguntó:

 –¿Qué es esa cosa? 

–No es una cosa. Vuela. Es un avión. Es mi avión. 

Me sentí orgulloso al decir que mi avión volaba. El entonces gritó:

 –¿Cómo? ¿Has caído del cielo? 

–Sí –le dije modestamente.

 –¡Ah, es curioso! 

Y soltó una magnífica carcajada que me irritó mucho. Deseo que se tomen en serio mis desgracias.

Después añadió: 

–Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De cuál planeta?

Esa pequeña luz iluminó un poco el misterio y le pregunté: 

–¿Tú… vienes de otro planeta? 

No me respondió; solo movía lentamente la cabeza examinando detenidamente mi avión. 

–En esto no creo que puedas venir de muy lejos… 

Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Después sacó de su bolsillo a mi cordero y se abismó en la contemplación de su tesoro. 

Imaginaos cómo me intrigó eso de: otro planeta. Y me esforcé en saber algo más: 

–¿De dónde vienes, hombrecito? ¿Dónde está tu casa? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero? 

Después de meditar silenciosamente me comentó: 

–Lo bueno de la caja que me has dado es que, por la noche, puede servirle de casa. 

–¡Sin duda! Y si eres bueno te daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día. 

–¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! 

–Si no lo atas, se irá por donde sea y puede perderse… 

Mi amigo empezó a reír. 

–¿Y dónde quieres que vaya? 

–No sé, a cualquier lado. 

Entonces el principito señaló con gravedad: 

–¡No importa, mi casa es muy pequeña! 

Y agregó, quizá con un poco de melancolía:

 –Derecho, siempre delante de uno, no se puede ir muy lejos... 



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