Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULO 4

 De esta manera supe otra cosa importante: su planeta era apenas más grande que una casa.

Esto no me sorprendió mucho pues sabía muy bien que además de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha puesto nombre, existen otros muchos, centenares de ellos, tan, tan pequeños, que a algunos es difícil distinguirlos aun con la ayuda de los telescopios. Cuando un astrónomo descubre uno de ellos, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "Asteroide 3251". Tengo suficientes razones para creer que el planeta del principito era el asteroide B 612. Este asteroide sólo ha sido visto una vez con el telescopio, en 1909, por un astrónomo turco.



Este astrónomo, aunque demostró su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía, nadie le creyó por su extraña manera de vestir ¡Las personas mayores son así! 

Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco obligó a su pueblo vestir a la usanza europea. Entonces, en 1920, ante otro congreso, el astrónomo volvió a dar la noticia de su descubrimiento y como lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.

Si les he contado estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan mucho las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan cosas esenciales como: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? o ¿Si le gusta o no coleccionar mariposas?" 
En cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si a una persona mayor le decimos: "Hay una casa preciosa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas sobre el tejado", no pueden imaginarse cómo es. Es preciso decir: "He visto una casa de cien mil francos.". Entonces exclaman: "¡Qué hermosa es!"
Si les decís: "La prueba de que el principito existió es que reía, era encantador y quería un cordero”. No lo entienden ni lo creen, aunque “querer un cordero” sea una prueba irrebatible de existencia; las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que nos comportamos como niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito es el asteroide B-612", quedarán totalmente convencidas y os dejarán tranquilos sin preguntaros más. Son así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.

Claro que nosotros, como sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado empezar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: "Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real. 

No me gustaría que mi libro fuese tomado a la ligera. Me apena tanto relatar estos recuerdos!  Hace ya seis años que él se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y puedo transformarme como las personas mayores que no se interesan más que en las cifras. Por eso he comprado una caja de colores y de lápices. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho más que boas abiertas y boas cerradas a la edad de seis años! Trataré de hacer retratos lo más parecido que me sea posible, aunque no estoy muy seguro de lograrlo. Un dibujo va, y el otro se parece más. Me equivoco también en la talla. Aquí el principito es demasiado alto. Allá es demasiado pequeño. Vacilo, también, acerca del color de su vestido. Entonces ensayo de una manera u otra, bien que mal. He de equivocarme, en fin, sobre ciertos detalles más importantes. Pero habrá de perdonárseme. Mi amigo jamás daba explicaciones. Quizá no me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas mayores. Debo de haber envejecido.


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