Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULO 6 y 7

 ¡Ah, mi pequeño amigo, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue observar la dulzura de los atardeceres. Esto lo supe al cuarto día cuando me dijiste: 

–Me gustan mucho las puestas de sol. Vamos a ver una. 

–Hay que esperar… 

–¿Esperar qué? 

–Que el sol se ponga. 

Primero te sorprendiste; después te reíste de ti mismo. Y dijiste:

 –¡Siempre creo que estoy en mi casa!

Aquí, todos sabemos que cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería necesario trasladarse a Francia en un minuto para verlo, pero desgraciadamente, Francia está lejos. En cambio, en tu pequeño planeta bastaba arrastrar la silla un poco para observar una maravillosa puesta de sol cada vez que lo deseabas…
 –¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! 
Y, un poco más tarde, añadiste: 
–¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol... 
–Ese día estabas muy triste ¿verdad?
 Pero el principito no respondió.

CAPÍTULO 7

Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue posible revelar otro secreto de la vida del principito. Me preguntó, como fruto de un problema larga y silenciosamente meditado: 

–Si un cordero come arbustos, se comerá también las flores ¿no? 

–Un cordero se come todo lo que encuentra.

 –¿Aún las flores que tienen espinas? 

–Sí; también las que tienen espinas. 

–Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

 Confieso que yo no lo sabía. Estaba muy ocupado tratando de arreglar el motor ya que el desperfecto parecía muy grave. Además, el agua se agotaba y todo esto me hacía temer lo peor.

 –¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta alguna de sus preguntas. Irritado por la gravedad del arreglo de mi avión, le respondí lo primero que se me ocurrió para salir del paso:

 –Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores. 

–¡Oh! Y después de un silencio, me dijo resentido:

 –¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.

No le respondí nada; en ese instante me decía: "Si esto continúa resistiendo, no sé qué más hacer". El principito interrumpió de nuevo mis reflexiones: 

–¿Tú… tú crees que las flores…? 

–¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles y pueda yo ocuparme de cosas serias. 

Se quedó absorto.

–¡De cosas serias!

Me miraba con el martillo en la mano, los dedos negros por la grasa y con medio cuerpo dentro de algo que le parecía muy feo. 

–¡Hablas como las personas mayores! 

Me avergonzó mucho e implacable, añadió: 

–¡Todo lo confundes…! ¡Todo lo mezclas…! 

Él estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

 –Conozco un planeta donde vive un señor carmesí, que nunca ha aspirado una flor, nunca ha observado una estrella, nunca ha querido a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumar y restar. Y todo el día repite como tú: "¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!"… Y esto lo llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo! 

–¿Un qué? 

–Un hongo

El principito estaba pálido por el disgusto.

 –Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos se comen las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores hacen tanto esfuerzo en fabricar sus espinas si éstas no van a servirles para defenderse? ¿Es que no es importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es esto mucho más serio y mucho más importante que las sumas de un señor gordo y colorado?... Y… si yo conozco una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta y que un corderillo puede aniquilar una mañana, así, de un solo golpe, sin ni siquiera darse cuenta ¿es qué esto no es importante? 

Enrojeció aún más y prosiguió: 

–Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira las estrellas. Se dice: "Mi flor está allí, en alguna parte…" Y si el cordero se come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante? 

No pudo decir más. Estalló en sollozos. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas. no me importaban ni el martillo, ni la avería, ni la sed, ni la muerte. En una estrella, en un planeta, el mío, había un principito que necesitaba consuelo. Lo tomé en mis brazos. Lo acuné. Le dije: "la flor que amas no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para tu flor… te… ". No sabía bien qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo llegar a él, dónde encontrarlo...¡Es tan misterioso el país de las lágrimas...!

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