Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULOS 8 Y 9

 Aprendí a conocer esa flor. En el planeta del principito había habido flores comunes, de una sola fila de pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie llamaban la atención. Asomaban entre la hierba una mañana y morían por la tarde... Pero aquella flor era distinta, había surgido de una semilla llegada quién sabe de dónde, y el principito había vigilado cuidadosamente aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab, pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a brotar la flor. El principito observó cómo crecía un enorme capullo y presentía que de allí habría de salir una aparición milagrosa; la flor tardaba en definir su forma y en completar su belleza al abrigo de su verde envoltura. Poco a poco escogía sus colores y ajustaba sus pétalos. No quería salir deslucida; quería aparecer en pleno esplendor de su belleza ¡Era coqueta desde pequeña y su misteriosa preparación le tomó varios días! ¡Una mañana, al salir el sol, por fin se mostró espléndida! La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

–¡Oh, acabo de despertar… perdón por estar tan despeinada…! 

El principito no pudo contener su embeleso:

 –¡Qué hermosa eres! 

 –¿Verdad? –Respondió dulcemente la flor–. Además, he nacido al mismo tiempo que el sol. 

El principito advirtió que ella no era muy modesta, pero ¡era tan conmovedora! 

–Creo que es hora de desayunar –agregó la flor–; si tuvieras la bondad… Y el principito, algo confuso, buscó una regadera y la roció con agua fresca.



Y así fue como ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día hablando de sus cuatro espinas, le dijo al principito: 

—¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!

–No hay tigres en mi planeta –objetó el principito–. Además, los tigres no comen hierba. 

–Yo no soy una hierba –respondió dulcemente la flor.

–Perdón... 

–En verdad los tigres no me atemorizan, pero tengo horror a las corrientes de aire. ¿No tienes un biombo? 

“¿Horror a las corrientes de aire? Si son buenas para las plantas – pensó el principito–. Esta flor es muy complicada…"

 –Y por la noche ¿podrás protegerme bajo un globo?... ¡Hace mucho frío en tu tierra! Es más cómodo allá de donde vengo… 

Pero recordó que había llegado como semilla y que era del todo evidente que no podía conocer otros mundos, entonces se interrumpió y disimuladamente tosió dos o tres veces para atraer la simpatía del principito. 

–¿Y el biombo? 

–Iba a traerlo, pero no dejas de hablarme…

Tosió con insistencia para crearle remordimiento.

Así, a pesar de la buena voluntad de su amor, el principito llegó a dudar de ella. Había puesto demasiada atención a palabras sin importancia y se sentía desdichado.

"No debí haber hecho caso a sus palabras –me confesó un día–. No hay que hacer caso a lo que dicen, basta con mirarlas y aspirar su aroma. Mi flor perfumaba mi planeta y, en ese entonces, no bastó para complacerme… Aquella historia de garras y tigres que tanto me molestó al principio, terminó por enternecerme". 

Y me confío aún más: "¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e iluminaba mi vida! ¡No debí haber huido! ¡No supe reconocer la ternura detrás sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Y… yo era demasiado joven para saber amarla".



CAPÍTULO 9

Creo que el principito aprovechó la migración de unos pájaros silvestres para evadirse y comenzar su viaje. La mañana de la partida arregló muy bien su planeta. Deshollinó cuidadosamente sus dos volcanes en actividad, sobre los cuales calentaba su desayuno por las mañanas. Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también éste, pues, como él decía: “nunca se sabe…”  Si los volcanes se deshollinan bien, arden sin erupciones, suavemente, como el fuego de nuestras chimeneas. Pero los hombres somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes y por eso nos causan tantos disgustos.

El principito arrancó con tristeza los últimos brotes de baobabs. Creía no volver jamás. Sus trabajos habituales le parecieron muy agradables. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo de la campana, sintió ganas de llorar. 

–Adiós –le dijo a la flor. Pero ella no respondió. 

–Adiós –repitió el principito.

 La flor tosió aunque no estaba resfriada y al fin dijo: 

–He sido una tonta, perdóname y procura ser feliz.

 Le desconcertó la ausencia de reproches y quedó con el biombo en la mano sin comprender esa tranquila mansedumbre.

 –Sí, yo te quiero –le dijo la flor–. Si no te has dado cuenta la culpa ha sido mía, pero eso ahora no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Y deja el biombo. No lo necesito.

 –Pero… el viento... 

–Ya no estoy tan resfriada y el aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

–Y los animales...

–Será necesario soportar la molestia de dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Ellas me visitaran… tú estarás muy lejos. Y en cuanto a las fieras, ya no les temo, tengo mis garras. 

Y mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. 

Luego añadió: 

–Y no prolongues más tu despedida. Has decidido irte, hazlo de una vez.

 La flor, que era orgullosa, no quería que él la viese llorar.  



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