Querido amigo: cuando recibas esta carta estaré sentado en mi pequeño planeta. Mi hermosa rosa se estirará desde su parterre y esbozará una sonrisa tan solo como ella es capaz de hacerlo, ¡qué hermosa es! Sigo deshollinando mis volcanes, no sea que algún día entren en erupción y sigo manteniendo a raya a mis baobabs. La vida en el Asteroide B612 sigue siendo apacible y tranquila. Hace mucho tiempo que dejé tu hermoso planeta y echo de menos sus puestas de sol, sus amaneceres, el sabor de la comida recién cocinada y la frescura del agua cuando tengo sed. Y sobre todo echo de menos a aquel zorro que supo domesticarme y a vosotros, los humanos, que sois capaces de realizar tan hermosas y a la vez tan oscuras cosas. Mi carta es para invitaros a un viaje especial. Me gustaría que fuerais capaces de conocerme y a la vez de conoceros. Es por eso que os invito a adentraros en mi mundo. Un mundo pequeño, hecho a mi medida. Os invito a leer y os invito a comunicaros conmigo. Recibiréis mis cartas a medida que leáis el libro, a las que espero contestación. Disfrutad de la lectura, como yo disfruto de mis numerosas puestas de sol. Un saludo. El Principito.

CAPÍTULOS 20 Y 21

 Por fin llegó el momento en que el principito, después de caminar mucho entre arena, rocas y nieve, encontró un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.

–¡Buenos días! –dijo.

–¡Buenos días! –dijeran las rosas.

El principito las miró, parecían iguales a su flor.

–¿Quiénes sois? –les preguntó atónito.

–Somos rosas –respondieron éstas.

–¡Ah! –exclamó el principito. Y se sintió muy triste; su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Ahora estaba ante más de cinco mil, iguales y en el mismo jardín!

Si ella viese esto, se decía el principito, se sentiría humillada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar del ridículo. Y yo tendría que aparentar cuidarla, pues si no, para humillarme a mí también, se dejaría verdaderamente morir...

Y continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que sólo tengo una rosa común. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de los cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe..." Y tirándose sobre la hierba, lloró.


CAPÍTULO 21

Entonces apareció el zorro:

–¡Buenos días! –dijo el zorro.

–¡Buenos días! –respondió cortésmente el principito y se volvió para ver quien hablaba pero no descubrió a nadie.

–Estoy aquí, bajo el manzano –dijo la voz.

–¿Quién eres tú? –Preguntó el principito–. ¡Qué bonito eres!

–Soy un zorro.

–Ven a jugar conmigo, –le propuso el principito– ¡Estoy tan triste!

–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–, no estoy domesticado.

–¡Ah, perdón! –dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

–¿Qué significa "domesticar"?

–Tú no eres de aquí –dijo el zorro– ¿qué buscas?

–Busco a los hombres –respondió–. ¿Qué significa domesticar?

–Los hombres –dijo el zorro– tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto, aunque también crían gallinas! Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

–No, yo sólo busco amigos. Pero, dime ¿qué significa domesticar?

–Es una cosa ya olvidada –dijo el zorro–, significa "crear lazos... "

–¿Crear lazos?


–Sí –dijo el zorro–. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien cmil zorros. Pero si tú me domesticas, tendremos necesidad del uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

–Empiezo a entender –dijo el principito–. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

–Es posible –concedió el zorro–, en la Tierra se ve todo tipo de cosas.

–¡Oh, no es en la Tierra! –exclamó el principito.

El zorro muy interesado preguntó:

–¿En otro planeta?

–Sí.

–¿Y hay cazadores en ese planeta?

–No.

–¡Oh, eso es muy interesante! ¿Y hay gallinas?

–No.

–¡Uhm, Nada es perfecto! –dijo el zorro suspirando un tanto desilusionado.

Y continúo:

 –Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas son muy parecidas y todos los hombres se parecen entre sí; Así que, como ves, me aburro constantemente. En cambio, si tú me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferentes de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan . Para mí el trigo es inútil. Los trigales no me recuerdan nada y eso me pone triste. Pero tú tienes cabellos dorados como el trigo. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso!  El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento sobre el trigo...

Después, el zorro permaneció callado mirando un buen rato al principito.

–¡Por favor!... domestícame –le dijo.

–Bien quisiera hacerlo –respondió el principito– pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

–Sólo se conoce bien lo que se domestica –dijo el zorro–. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada; todo lo compran ya hecho, Y como en las tiendas no se venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres tener un amigo, entonces debes domesticarme!

–¿Qué debo hacer? –preguntó el principito.

–Debes ser muy paciente –respondió el zorro–. Al principio te sentarás sobre la hierba, un poco retirado de mí; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no dirás nada, pues el lenguaje puede ser fuente de malos entendidos. Entonces, al pasar los días, te podrás sentar cada vez más cerca...

Al día siguiente el principito volvió.

–Es mejor que vengas siempre a la misma hora –dijo el zorro–. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaré a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Tú sabes, los ritos son necesarios.

–¿Qué es un rito? –inquirió el principito.

–Eso también es algo casi olvidado –dijo el zorro–. Es lo que hace que un día sea diferente a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Todos los jueves acostumbran ir a bailar con las muchachas del pueblo. Los jueves, entonces, son maravillosos para mí, ¡puedo pasear hasta la viña! En cambio, si los cazadores no tuvieran un día fijo para ir a bailar, todos los días serían iguales y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito fue domesticando al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

–¡Voy a llorar!

–Tuya es la culpa -dijo el principito- No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara...

–Así es –dijo el zorro.

–Pero vas a llorar –dijo él principito.

–¡Sí! –volvió a decir el zorro.

–Entonces, no ganas nada.

–Gano –Dijo el zorro– por el color del trigo. 

Después, el zorro añadió:

–Ve a ver las rosas una vez más; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverá para decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente a las rosas. Les dijo:

–No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo. 

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

–Sois bellas pero estáis vacías. Nadie daría la vida por vosotras. Cualquiera puede creer que mí rosa se os parece. Pero ella es más importante que todas vosotras juntas porque es ella la rosa a quien he regado, ella es quien cuidé y protegí con el biombo, porque la libré de los gusanos, dejando sólo los que serían mariposas. Porque es ella a la que oí quejarse, alabarse y, a veces, hasta callarse. Porque ella es mi rosa.

Y volvió con el zorro…

–Adiós –dijo el principito con tristeza.

–Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto:

Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

–Lo esencial es invisible a los ojos… -repitió el principito para recordarlo.

–El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

–El tiempo que perdí por mi rosa...… –repitió el principito con el fin de recordarlo.

–Los hombres han olvidado esta gran verdad –dijo el zorro–. ¡Tú no debes olvidarla! Eres responsable, por siempre, de lo que hayas domesticado ¡Eres responsable de tu rosa!...

–Soy responsable de mi rosa... –repitió el principito para recordarlo.

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