–¡Buenos días! –dijo el principito.
–¡Buenos días! –respondió el guardagujas.
–¿Qué haces aquí? –preguntó el principito.
–Cuento a los viajeros y los despacho en trenes que los llevan de un lado a otro.
Y de pronto, algo iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardagujas.
–Tienen mucha prisa –dijo el principito– ¿Qué es lo buscan?
–Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe –dijo el guardagujas..
Un segundo tren rápido iluminado rugió en sentido inverso.
–¿Ya vuelven? –preguntó el principito.
–No son los mismos –contestó el guardagujas–. Es un cambio.
–¿No se sentían contentos donde estaban?
–Nadie se siente contento donde está –respondió el guardagujas.
Y rugió el trueno de un tercer tren rápido iluminado.
–¿Persiguen a los primeros viajeros? –preguntó el principito.
–No persiguen absolutamente nada –dijo el guardagujas–. Duermen o bostezan allí dentro. Los únicos que aplastan su nariz contra los vidrios son los niños.
–Sólo los niños saben realmente lo que buscan–dijo el principito. Dedican su tiempo a su juguete o a una muñeca que viene a ser lo más importante para ellos. Si se lo quitan, lloran...
–¡Qué suerte tienen! –dijo el guardagujas
CAPÍTULO 23
.–¡Buenos días! –dijo el principito.
–¡Buenos días! –respondió el comerciante.
Se trataba de un comerciante de píldoras para quitar la sed. Se toma una pastilla por semana y ya no se sienten más ganas de beber.
–¿Por qué vendes eso? –preguntó el principito.
–Porque economizan mucho tiempo. Los cálculos hechos por los expertos comprobaron que se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
–¿Y qué se hace con esos minutos?
–Se hace lo que cada quien quiera hacer...
"¡Ah! Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos –pensó el principito–, caminaría muy suavemente hacia una fuente..."
CAPÍTULO 24
Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.
–¡Ah –le dije al principito–, tus recuerdos son muy lindos pero yo no he terminado de reparar mi avión, no tengo agua para beber y también sería muy feliz si pudiera caminar lentamente hacia una fuente!
–Mi amigo el zorro...
–Mi pequeño hombrecito, ¡ya no se trata ahora del zorro!
–¿Por qué?
–Porque vamos a morir de sed...
No comprendió mi razonamiento y replicó:
–Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro...
"No mide el peligro –me dije– Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le es suficiente..."
El principito me miró y respondió a mi pensamiento:
–Tengo sed también.., busquemos un pozo...
Aunque estaba cansado y me parecía absurdo buscar un pozo en la inmensidad del desierto, nos pusimos en marcha. Caminamos en silencio. Al caer la noche las estrellas comenzaron a brillar, yo las veía como en sueño, pues por la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente. Le pregunté:
–¿Tú también tienes sed? pero no respondió. Dijo solamente:
–El agua también es buena para el corazón...
No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarle.
El principito estaba cansado. Se sentó; me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
–Las estrellas son bellas por la flor que no se ve...
Respondí "seguramente" y sin hablar más, miré los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
–El desierto es bello –añadió el principito.
El principito estaba cansado. Se sentó; me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
–Las estrellas son bellas por la flor que no se ve...
Respondí "seguramente" y sin hablar más, miré los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
–El desierto es bello –añadió el principito.
Es verdad; siempre he amado el desierto. Sentado en una duna, nada se ve ni se distingue, nada se oye y, sin embargo, hay algo que resplandece en el silencio...
–Lo que realmente embellece al desierto –dijo el principito– es el pozo que se oculta en algún sitio...
Al oírlo comprendí el misterio. Cuando era niño vivía en una casa antigua que, según la leyenda, tenía un tesoro escondido. Sin duda nadie lo encontró y quizás nadie lo buscó, pero la casa parecía toda encantada por ese tesoro que guardaba en secreto dentro de su corazón...
–Sí –dije– ya se trate de una casa, de las estrellas o del desierto, lo que les hace hermoso es invisible.
–Me alegra –dijo bostezando el principito– que estés de acuerdo con mi zorro.
El principito tenía sueño y se quedó dormido. Lo tomé en mis brazos y continué el camino. Me sentía emocionado llevando aquel tesoro que me parecía tan frágil. A la luz de la luna miraba aquella frente pálida, aquellos ojos dormidos, aquel cabello dorado movido por el viento y me dije: "lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible..."
Al contemplar sus labios entreabiertos en los que se esbozaba una sonrisa, me dije aún: "Lo que más me emociona de este principito es su fidelidad a una flor. Es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme..." Y lo sentí más frágil aún. Pensé que a las lámparas hay que protegerlas: un viento fuerte puede apagarlas...
Seguí caminando y con la luz de la aurora descubrí el pozo.
CAPÍTULO 25
–Los hombres –dijo el principito– se meten en los trenes pero no saben a dónde van. No saben qué quieren ni saben que buscar…
Y añadió:
–¡No vale la pena!...
El pozo al que habíamos llegado no se parecía en nada a los pozos del Sahara que son simples agujeros abiertos en la arena. Éste parecía el pozo de un pueblo; aunque resulta que por allí no había ningún poblado y yo creía soñar.
–¡Es extraño! –le dije al principito–. Todo está ya listo: la roldana, el balde y la cuerda...
Él rió, tocó la cuerda y la roldana se movió. El sonido era parecido al de una vieja veleta que el viento no ha movido en mucho tiempo.
–¿Oyes? –Dijo el principito–. Hemos despertado al pozo y ahora canta…
–Déjame hacerlo, es pesado para ti.
Lentamente subí el balde hasta el brocal. Lo asenté dejándolo firme en el borde. Aún oía el canto de la roldana y en el agua se reflejaba el sol.
–Tengo sed de este agua –dijo complacido el principito–, dame de beber...
¡Entonces comprendí lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. El espectáculo era bello como una fiesta. Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón…Cuando yo era niño, las luces del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor al regalo de Navidad que recibía.
–En tu tierra –dijo el principito– los hombres cultivan cinco mil rosas en un solo jardín… y nunca encuentran lo que buscan.
–No lo encuentran –le respondí.
–Sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...
–Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
–Pero los ojos no siempre saben ver. Es necesario buscar con el corazón.
Yo ya había bebido y no tenía sed. Me encontraba bien. La arena, estaba color de miel. Yo gozaba con esa armonía hasta sentirme dichoso. Sin embargo, percibí algo que me inquietaba.
- Es necesario que cumplas tu promesa –dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a mí.
–¿Qué promesa?
–Ya sabes... el bozal para mi cordero... Soy responsable de mi flor…
Saqué del bolsillo mis bosquejos. El principito los miró y con una sonrisa dijo:
–Tus baobabs parecen coles... Y tu zorro tiene orejas muy largas.
–¡Oh! –Le dije– ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
Y volvió a reír.
-Eres injusto, hombrecito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas...
–¡Oh! –Dijo el principito volviendo a sonreír– ¡Todo está bien! Los niños lo comprenden todo.
Dibujé, pues, un bozal y al dárselo se me oprimió el corazón:
–Tú tienes proyectos que desconozco...
Pero no me respondió.
–¿Sabes? –me dijo–. mi caída en la Tierra.. mañana será el aniversario...
Y después de un silencio, añadió:
–Caí muy cerca de aquí...
Y se sonrojó.
Nuevamente, sin comprender por qué, sentí una gran tristeza y dije:
–Entonces, ¿no paseabas por casualidad, la mañana que te conocí, hace ocho días, así, solo a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo? ¿Volvías al lugar donde llegaste?,¿… por el aniversario?
El principito se ruborizó una vez más y no contestó; pero cuando, uno se sonroja la respuesta es: Sí.
–¡Ah! –Le dije– temo...
Pero me interrumpió:
–Ahora debes volver a trabajar; debes terminar de reparar tu avión. Ve y regresa mañana por la tarde. ¡Te espero aquí!
Pero yo seguía intranquilo. Recordaba las palabras del zorro: si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco...
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